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Redacción / José Luis Díaz Ramírez.
Redacción / José Luis Díaz Ramírez.
¿Cuándo y en dónde nace?En León, el 15 de noviembre de 1951; mis padres fueron José Durán Navarro (f) y María Elena Villalpando Cabrera, quienes tuvieron una familia numerosa, de ocho hijos, de los cuales soy el primogénito: Luis Miguel, Pablo Héctor, Juan Carlos, María Elena, Ismael, Mónica y Pedro.
¿Qué recuerda de su infancia?
Tengo muy presente la casa de mis abuelos, en la calle Díaz Mirón 214; recuerdo claramente lo que era el León de aquella época, porque vivíamos en la Aquiles Serdán y La Salle estaba en la colonia Andrade, en las calles Estocolmo con Roma, y a sus alrededores había barbecho y pastaban las vacas; de ahí caminábamos a casa de mis abuelos y de la calle Hernández Álvarez a la Altamirano estaba sin pavimentar... eran los suburbios de la ciudad.
Hay varias anécdotas en cuanto a la vivencia y convivencia con mi abuelo, Baltasar Villalpando López, quien era una persona muy dicharachera; hombre de política, de la charrería y agricultor. Fue uno de los gestores del lienzo charro “Los Paraísos” y dio clases a los Pedrero, a quienes enseñó a pialar, a lazar, a florear, a manganear...
En la política, mi abuelo es uno de los personajes que admiro en la familia, pues fue Diputado Suplente en la XXXI Legislatura de Guanajuato, en el Distrito VII, y tres veces Diputado, en la XXXII, XXXIII y XXXV Legislaturas.
¿Su padre también fue político?
Mi padre, José Durán Navarro (f), fue presidente de la Cámara del Calzado, regidor con Ángel Vázquez Negrete y recuerdo la lucha que tuvieron para empezar a cambiar la fisonomía de la ciudad: la apertura del bulevar López Mateos. El famoso “Eje”
¿Qué le dice todo esto a usted?
Que hay que trabajar siempre por el bien común, aunque nos dé muchos coscorrones, porque le pega a tu mejor amigo, que busca el bien particular. En la política hay que tener mucha responsabilidad, ética y moral, para lograr objetivos que están por encima de los personales; además, el bien común es difícil de evaluar porque es algo abstracto.
¿Dónde realizó sus estudios?
En el Colegio La Salle, hasta la preparatoria; después enfrenté una disyuntiva: ir al Tecnológico de Monterrey a estudiar Ingeniería Mecánica Automotriz, pero la situación económica en ese momento no podía costearlo, o Administración, en lo que ahora es la Universidad De La Salle. Recuerdo que José Ángel Córdova y yo éramos los tambores de la Banda de Guerra, porque me gustaba mucho el estilo militarizado... Fue una época muy bonita, muy enriquecedora, y mi estilo siempre fue lasallista. Después realicé estudios de postgrado en la UNAM y en la Universidad de Salamanca, en España.
¿Qué siguió a la Licenciatura?
Se dieron ciertas circunstancias porque mi padre, industrial zapatero, deshizo la sociedad de la fábrica “Atrevido” con uno de sus hermanos, por lo que tuvimos que entrarle a la producción de calzado... Entonces estudiaba y ejercía la administración, porque yo asistía a las juntas de la Cámara del Calzado, donde se empezaba a innovar con las exposiciones para la venta de calzado. Mi padre fue muy insistente en eso, junto con José Abugaber Sara, Galo Gutiérrez y muchos otros cuyos nombres no recuerdo.
¿Cuántos años continúa en la industria del calzado?
Impulsamos fuerte la fábrica de mi padre, que se dedicaba a hacer zapato fino de niño, a la que se fueron incorporando mis hermanos y la convertimos en tres empresas. Hicimos la marca Duvi (Durán Villalpando) y tomamos la decisión de que había que entrarle fuerte a la cuestión de las ventas.
En 1974 terminé la Licenciatura y me hice cargo del área de ventas, cobranzas y mercadotecnia. Empezamos a incursionar en el calzado de moda, de mujer; en aquel tiempo traíamos algo de moda en septiembre y lanzarlo en enero y funcionaba hasta un año después.
En 1976 comencé a estar un mes completo en el Distrito Federal y venía un fin de semana a León. Armamos un buen cuerpo de vendedores y lo que nos hacía falta era producción...
En 1983, en pláticas con los fabricantes, se vio la necesidad de enseñarnos a exportar, porque el mercado nacional ya no era suficiente. Mis hermanos quisieron exportar más de lo que la lógica aconsejaba, que era el 25%, y engancharon la producción de la fábrica hasta con el 60% dedicado a la exportación, por lo que comenzó a perderse la clientela nacional. Éramos aprendices en el Comercio Exterior, como otros muchos industriales, y tuvimos muchos dolores de cabeza, a pesar de la asesoría de Banamex; veíamos nuestros zapatos en los catálogos de las grandes tiendas, pero no recibíamos ni cinco centavos... Por falta de liquidez, tuvimos que cerrar la fábrica y quedarnos con las otras dos. En 1986 me retiré de la empresa y puse un almacén de compraventa de calzado, una peletería y una mueblería...
¿Cómo se define?
Como hombre de familia, ético, de fe en Dios; empresario y adicto al trabajo, tenaz, capaz de soñar y con base en esos sueños de fijarme metas que -hasta hoy- siempre he alcanzado; de carácter fuerte, pero de mucha nobleza y dispuesto a escuchar.
Me considero un hombre triunfador y esto se lo debo a Dios: no he hecho nada sin la voluntad de Dios.
La política se lleva en la sangre. Desde la universidad comencé a tener inquietudes y hablé con el rector, el doctor Manuel Álvarez Campos, para armar una sociedad de alumnos, lo cual no le pareció muy bien; junté a Alejandro Peña Sánchez e hicimos la convocatoria; él fue presidente durante año y medio y luego yo, un año.
Ahí comencé a incursionar en esto de la “grilla”, de la política. Pero cuando me llamó la atención entrar a un partido político fue al darme cuenta, como empresario, que cuando quieres planear a largo plazo cada seis años te “mueven el tapete”, te echan todo para abajo con cambios de planes, corrupción, robos... Llegué a la conclusión de que la clase política, la gente que estaba en el Gobierno, pasaba la estafeta a sus sucesores, que no sabían lo que era ganar el dinero, sólo robarlo y gastarlo. Fue cuando decidí entrar a la política y participar para cambiar a México.
El año de la candidatura de Vicente Fox como gobernador, entré de lleno. No estaba decidido por un partido y en el PAN me parecía que la gente no distinguía entre ser un partido político y revolver la política con la religión. Una cosa son los valores éticos, morales, y el decir en un determinado momento, para todo lo que suceda, me tengo que persignar. Soy católico, mal instruido y olvidadizo.
Cuando decidí ingresar a un partido, analicé sus principios y al único que vi con normas sólidas, bien plantadas y llevadas a cabo, defendiendo la democracia, fue a Acción Nacional; me afilié a él y decidí ser socio activo para lograr esos ideales. No es fácil, pero debes tener firmes los ideales por los que vas a luchar.
Como diputado ¿qué le dejó más satisfacciones?
La mayor satisfacción fue la oportunidad que me dio Dios de poder ayudar a la gente. En esta parte, con cuatro funciones principales: legislar, fiscalizar, gestionar y representar.
En la parte de gestión, es algo de lo que más me satisfizo, porque ves la necesidad de la gente y cómo puedes ayudarla.
Creo que es más importante revisar las leyes que existen y proponer iniciativas para adecuarlas a los tiempos actuales y así mantenerlas vigentes, que estar creando nuevas sin sentido.
Fui testigo de que hay diputados que no hacen nada y sólo les interesa cobrar el sueldo. Con el poder puedes hacer mucho, pero es la parte que echa a perder a los políticos, porque muchos llegan sin saber lo que es y eso los envilece.
¿El poder corrompe?
Sí, si no se tienen bases éticas y morales. Pero hay muchas otras cosas que corrompen. Muchos buscan un puesto público con la idea de tener una chamba; yo iba con la idea de servir. Todo lo que pude hacer, en el análisis de las iniciativas de ley, siempre fue bien razonado; no caminaba exclusivamente por lo que me decían. Es muy satisfactorio cuando estás consciente de que estás trabajando.
Hice un libro en el que quise desmitificar el paradigma de mano de obra, casi al terminar la Legislatura y se presentó en un punto de acuerdo de la última sesión, se llama “Mente de obra”, porque pienso que al hablar de mano de obra se degrada a la persona porque la calificas sólo por sus manos... ¿qué pasa entonces con los minusválidos, con quienes hacen su trabajo con otras partes del cuerpo, con la mente?
Motivé en la LIX Legislatura que se estudiara este término e hice una invitación a los pensadores, a los científicos, para estudiar este tema, que debe hacerse a nivel mundial, e incluso mandarse a la Organización Internacional del Trabajo para precisarlo.
¿Qué la faltó hacer?
Tengo la satisfacción de haber cumplido y bien. Pero quedan muchas cosas pendientes. Hay metas y sueños. El sueño principal que me fijé desde que comencé en la Legislatura, es la Universidad Politécnica de Guanajuato. Todos mis sueños, todas mis acciones, han inmiscuido a mi familia: para entrarle a la política, tuve que consultarlo con mi familia. Igual pasó cuando a mi esposa, Liz Vargas, la impulsaban para ser presidenta de AMMJE. Ser quien lleva la batuta es una responsabilidad y nunca ves a quedar bien con todos.
¿Cómo empieza a realizar ese sueño del Politécnico?
Mi sueño siempre fue hacer una gran escuela, una universidad que deje huella, como empresario y en la educación, pero hacen falta muchos factores: el económico y el impulso de alguien. En este caso, me respaldo en mi mujer y en mis hijos; las opiniones en la familia se dan con libertad. No me gusta que callen y ese comportamiento lo tengo con la gente con la que trabajo, con mi equipo de trabajo en la política, de gestión.
Ante todo, la familia ha sido mi base; nunca he dudado que la familia es la base de la sociedad y lo que más tenemos que defender, porque cuando se destruye esta base se llega a un descontrol total.
El partido, el gobierno, no debe confundir la política con la religión, sin perder los principios morales. La familia no tiene nada que ver con la religión.
¿Cómo llegó Liz, su esposa, a su vida?
Estando en mi stand de Sapica, en 1982, llegó mi hermana María Elena con su amiga Gaby y varias amigas más, pero me impactó la personalidad de una que resultó ser Liz, hermana de Gaby. Nos casamos el 28 de enero de 1984 y los tres primeros años de matrimonio los vivimos en el Distrito Federal.
Esos años fueron muy enriquecedores para el fortalecimiento de nuestra unión, ya que no teníamos familiares en esa ciudad y llegamos a formar parte de un grupo de amigos bohemios, que nos duplicaban en edad y nos querían como si fuéramos sus hijos, entre ellos Luis Arriaga (cliente) y Alfonso Velázquez (cobrador) y sus esposas.
¿A quiénes admira?
Al papa Juan Pablo II por su carisma, su don de gente, su liderazgo; a Manuel Jesús Clouthier del Rincón, Maquío, por su convicción firme en sus metas; por impulsar la resistencia activa pero no violenta, lucha que debe tener siempre el ser humano.
Compagino siempre con él, porque después de ser líder empresarial se convenció de que el cambio que necesitaba el país sólo podía lograrse participando en política de gobierno. Fue un ejemplo de determinación firme, de una revisión constante del objetivo personal, de un plan de vida y de definición de metas. Admiro su frase de que “sólo está derrotado quien ha dejado de luchar”.
En la industria del calzado admiro a Salvador López Chávez, creador de Calzado Canadá, quien logró hacer un emporio industrial.
¿Aficiones?
Me gusta mucho la lectura, aunque no soy un gran lector. Leí muchos autores motivacionales: Dale Carnegie, Og Mandino, Stephen R. Covey... Me apasionan los autores que tienen gran capacidad de análisis del pasado y, con lógica, predecir el futuro, como Alvin Toffler. Debemos impulsar la lectura entre los jóvenes, porque puede enriquecer sus mentes, el vocabulario, las opiniones...
Siempre me ha gustado cantar y lo he hecho en eventos familiares; en cuanto a deportes, practiqué la natación. Gracias al empuje de mi madre llegué a ser campeón juvenil estatal de Guanajuato, en la categoría de 200 metros en crol, y en el Colegio La Salle obtuve en una competencia anual el primer lugar en nado de pecho. Sigo practicando la natación como un hábito de salud física.
¿Cómo ve a sus hijos?
Son un tesoro que me dio Dios; Francisco José, Mauricio, Fernando y mi pequeña Liz. Cada uno tiene sus talentos, sus fortalezas y debilidades, como cualquier ser humano. Más que ser su padre me gusta ser su amigo, y lo he logrado hasta la fecha.
¿Qué recomendaría conservar en la vida?
Es fundamental actuar y sentirse como niño, porque no tiene preocupaciones y, si las llega a tener, las olvida en un momento y sigue feliz, sobre todo, debemos cuidar no perder la capacidad de asombro, una característica esencial del niño.
Colaboración: Miguel Ángel de Alba
Comentarios:luisdiazfoto@hotmail.com
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